“Heroes of Invention” analiza el estatus social alcanzado por el inventor en la época victoriana

El estío es una buena época para recuperar la buena costumbre de leer un buen libro. Así que a lo largo del verano bucearemos por las hemerotecas y bibliotecas en búsqueda de lecturas que creemos interesantes para el perfil de nuestros seguidores.

Hoy hemos elegido un libro cuya lectura nos permitirá saber cómo ha cambiado a lo largo de la historia la consideración social que han tenido los inventores. ¿En qué medida la figura del inventor fue ensalzada por su contribución al refuerzo de la identidad nacional durante la Revolución Industrial? ¿Llegaron en algún momento los inventores a gozar del respeto, prestigio y popularidad que tenían aristócratas, líderes políticos o estrategas militares?

Christine MacLeod responde a estas y otras preguntas de indudable interés histórico en su interesante libro “Heroes of Invention: Technology, Liberalism and Briths Identitity”. Publicado por Cambridge University Press en 2007 y en una segunda edición en 2010, recomendamos su lectura por tratarse de uno de los pocos estudios en los que se analiza el estatus social que alcanzó la figura del inventor, en este caso en Inglaterra, en el periodo que va desde los primeros compases de la Revolución Industrial hasta la Primera Guerra Mundial.

Christine MacLeod, autora de artículos sobre la materia como “Concepts of invention and the patent controversy in Victorian Britain” (1996) ó “The nineteenth-century engineer as a cultural hero” (2006), pone al alcance del lector una interesante recopilación de publicaciones de la época, artículos, fotografías, ilustraciones y material académico que permiten comprobar la extraordinaria relevancia que alcanzó la figura del inventor durante el periodo histórico victoriano, caracterizado por la exaltación del progreso y desarrollo industriales que situaron a Inglaterra a la cabeza del desarrollo económico, militar y mercantil.

La obra se divide en doce capítulos más una reflexión crítica final. En los tres primeros capítulos la autora muestra el elevado estatus social alcanzado por los inventores industriales cuando, en la Inglaterra del siglo XIX, el imaginario colectivo los convirtió poco menos que en héroes, al considerar que, en gran parte, eran responsables de la hegemonía tecnológica, económica y política alcanzadas por la nación. El hombre de ciencia y técnica se situó a la altura de las grandes figuras aristocráticas, militares y políticas por su capacidad para contribuir, genio mediante, al progreso económico y moral de la sociedad.

Los capítulos cuatro, cinco y seis estudian la repercusión de la figura de James Watt en Inglaterra. Al ser visto como uno de los responsables del avance económico y militar del país, Watt fue considerado un ciudadano ejemplar. El reconocimiento a su figura fue, por extensión, un reconocimiento a todos los inventores, lo que llevó a intelectuales, ingenieros, empresarios, políticos y trabajadores industriales a debatir encendidamente sobre la forma en que se había de recompensar e incentivar su ingenio y trabajo. Fruto de esa discusión pública fueron la reforma del sistema de patentes y de litigación para favorecer ambos.

En los capítulos siete y ocho la autora se ocupa de presentar a otros inventores a quienes también se consideró modelos a seguir por la sociedad de la época. En ellos se documenta cómo se llevaron a cabo iniciativas públicas y se articularon políticas que reforzaron la posición de los inventores en la sociedad: remuneración del inventor (tanto en vida como a título póstumo), retribuciones económicas directas, pensiones, homenajes públicos, etc.

El capítulo nueve expone la relación entre el auge social de los inventores y la reforma de leyes que hicieron posible que se les remunerara por su contribución al progreso social, entre ellas el sistema de patentes en Inglaterra.

En el décimo capítulo del libro muestra también la alta estima en que las clases populares inglesas tuvieron a los inventores, que fueron especialmente valorados por el gremio de ingenieros y por los trabajadores de la industria metalúrgica. Ambos veían en ellos una muestra indudable de la valía que podía llegar a tener la experiencia acumulada durante años por obreros y artesanos en el desarrollo de sus oficios.

En los capítulos once y doce se muestra como, hacia 1880, la figura del inventor perdió su fulgor romántico para pasar a ser visto como un empleado industrial o un hombre de ciencia. El inventor sin formación científica pierde paulatinamente relevancia,reconocimiento y presencia a causa de la institucionalización del proceso inventivo y la creciente importancia de la ciencia en el proceso de cambio técnico.

Finalmente, la autora hace en el último episodio una reflexión crítica en la que describe la invención como un proceso guiado por la demanda y el crecimiento sociales, ale
jándolo así de la idea que pervive en el imaginario colectivo como fruto del genio de personas excepcionales capaces de revolucionar el mundo con sus descubrimientos.

Por todo esto y mucho más el libro merece la pena leerse. Lamentablemente no hemos encontrado una edición en castellano sobre la obra y desde aquí animamos a alguna editorial interesada en la materia a que se lance a adquirir los derechos de traducción para poder disfrutarla en castellano.

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Nota: Las fuentes de esta reseña el propio libro y el análisis de la figura de la autora y su obra hecha por David Pretel O’Sulliva.

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