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Sonia María Rodríguez Huerta, una inventora de tan sólo 17 años

Nueve fueron los inventores/as españoles que, bajo el auspicio del despacho profesional especializado en propiedad industrial Oficina García Cabrerizo, acudieron a la pasada edición del Salón Internacional de Invenciones de Ginebra, celebrado entre los días 11 y 15 del pasado mes de abril, para mostrar sus creaciones.

Algunas de ellas obtuvieron varios premios, hito del que dimos cuenta en esta entrada publicada hace unas semanas en el blog. Tras redactarla reparamos en el hecho de que una de las inventoras premiadas, Sonia María Rodríguez Huerta, ganadora de una medalla de oro y del reconocimiento especial del jurado por la creación de un dispositivo para la retirada aséptica de excrementos caninos, era una estudiante de tan sólo 17 años.

Actualmente, Sonia compagina sus estudios de segundo de Bachillerato Nacional de España con los de segundo de Bachillerato Internacional, en el que, según sus propias palabras, se ha matriculado por tener “otra metodología de estudio”. Además, Rodríguez Huerta nos aclara que también estudia danza en la Royal Academy of Dance, habiendo alcanzado ya el grado Intermediate.

Al preguntarle sobre cuáles son las materias de estudio que más le apasionan, la inventora nos aclara que, si bien le gustan todas las asignaturas, siente una especial predilección por la literatura, razón por la que ha dedicado a ésta su monografía del Bachillerato Internacional. Además, la joven inventora nos confiesa que también le fascina la rama biosanitaria. De hecho ha optado por orientar sus estudios de bachillerato hacia dicho campo de conocimiento. Dentro de ella, sus asignaturas favoritas, afirma, “son biología y química”.

Esta brillante alumna de bachillerato también ha obtenido galardones en diferentes facetas; ella misma destaca “la medalla de bronce en el concurso nacional de danza clásica del año pasado, así como premios en baile contemporáneo, inglés, narrativa, microrrelatos, poesía, en certámenes para jóvenes talentos creadores, etc. Además, ha sido finalista en la Olimpiada Asturiana de Matemáticas y hace poco más de un mes obtuvo el tercer premio en la Olimpiada Filosófica Asturiana.

Aunque es una persona muy polifacética, la joven nos comenta que tiene claro el enfoque de su carrera académica hacia el campo biosanitario: biología o biotecnología. También espera poder completar su formación cursando una segunda carrera en el ámbito de las letras.

Jugar a inventar en un entorno estimulante

Al preguntarle sobre el origen de su pasión por inventar cosas, Rodríguez Huerta nos aclara que siempre le ha gustado “idear cosas. Cuando era pequeña era una aficionada loca de los Playmobiles y me dedicaba a construirles cosas útiles sin ningún sentido aparente. Con bolígrafos, cositas, telas… inventaba modos para subir cosas, poleas, cuando no sabía ni lo que era una polea”.

Esa inquietud por aportar soluciones a problemas prácticos siempre ha sido bien recibida por su entorno. Con respecto a ello, Sonia afirma que “familia, profesores, compañeros y amigos han comprendido y apoyado siempre todas mis inquietudes y mis ideas. Quiero destacar a mis abuelos y a mi tío Eduardo, que es incondicional. Mi entorno siempre me ha apoyado y ha confiado en mí desde que era pequeña”.

Sonia María Rodríguez Huerta muestra el diploma obtenido en el Salón Internacional de Invenciones de Ginebra (2018)

Sobre el invento premiado en el Salón de Ginebra

Según nos explica su propia creadora, el invento por el que recibió la medalla de oro y el reconocimiento del jurado durante la última edición del Salón Internacional de Invenciones de Ginebra “es básicamente un recoge-cacas, hablando mal y pronto; lo que hace es recoger la caca de las mascotas sin que tú tengas que hacer el nudo ni tener que tocarla, de manera totalmente aséptica”. Los motivos que impulsaron a la joven inventora a buscar esta solución están relacionados con el hecho de que “quería tener un perro y existía en casa el problema de la higiene”.

Como les sucediera a otros muchos inventores/as a lo largo de la historia, la primera recepción del invento descrito, gracias al que Sonia obtuvo su premio en Ginebra, no fue buena. Ella misma nos cuenta que “el invento se me ocurrió con ocasión de un concurso para emprendedores que había en mi colegio, San Ignacio de Oviedo. Pero a ellos no les gustó nada, así que participamos con otra idea sobre algo biotecnológico, completamente diferente; gracias a esa idea llegamos a ganar un concurso nacional hace dos años”.

Su inquietud por la inventiva permitió a la joven inventora conocer la existencia del Salón de gracias a la Fundación García Cabrerizo; “me enviaron la invitación y después, hablándolo con mis amigos, mis profesores y mi familia, que me apoyaron en la aventura del viaje, decidí ir…en pleno curso”. Lo que a tenor de los resultados obtenidos fue todo un acierto.

Cuando preguntamos a la estudiante si se le ha ocurrido aprovechar el éxito cosechado para obtener algún tipo de beneficio económico comercializando su invento nos aclara que “en un principio no, pero parece ser que debo pensar en ello, o eso es a lo que me han incitado, por lo que sí tendré que hacerlo. Se han dirigido a mí muchas empresas. Tengo muchas hojas con firmantes y gente interesada en producirlo, comprarlo o en venderlo”. En caso de decidirse a comercializarlo, Rodríguez Huerta asegura tener claro “lo que son y también para qué sirven una patente o un modelo de utilidad”.

En cualquier caso, llegue o no a ver triunfar su recogedor de excrementos de mascota en el mercado, Rodríguez Huerta declara que piensa seguir inventando “sí, tengo en mente muchas cosas pero, por lo que he visto, aquí no se pueden contar datos hasta que el producto esté patentado o modelizado de utilidad, así que la respuesta es sí, y tanto sola como con otras personas, compañeros y amigos”.

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